SEXO EN NUEVA YORK MADE IN SPAIN

Porque hoy es San Valentín, aprovechamos para inagurar una nueva página en BFOREVERYOUNG. 

Dado que de la calidad de nuestras relaciones personales depende en gran parte nuestra calidad de vida, si queremos ganar salud, en su sentido más amplio, creíamos que nuestro blog quedaría incompleto sin ofreceros un espacio en el que poder hablar de eso, nuestras relaciones personales, y entre ellas, y de gran importancia, las relaciones de pareja.

Y empezamos con un tema a la orden del día. cuando hablo con compañeros o amigos del género masculino, suelo escuchar en más de una ocasión la misma queja: ” es que ya no es lo mismo”, “es que antes estaba muy pendiente de mí y ahora ya no”, “es que ha cambiado”, “es que es más mi madre que mi pareja”…

Y chicas, lo siento pero hoy vamos a hablar de nosotras y los chicos, en parte, tienen razón. En algo cambiamos. Pronto publicaremos un artículo sobre la química del amor, pero digamos resumiendo que las sustancias que se secretan con el enamoramiento inicial nos hacen perder nuestro espíritu crítico, viendo sólo lo maravilloso del otro. Él es así, perfecto. Y cuando sospechamos algo de su comportamiento, le concedemos el beneficio de la duda; es inocente, y difícilmente cambiamos de opinión, como mucho, suponemos que lo hizo sin querer. Pero en cuanto el hechizo empieza a deshacerse, hacemos lo contrario, sin pensárnoslo dos veces, le atribuimos todo lo negativo, y cuando su conducta o proceder no nos gusta, sentenciamos que lo ha hecho a posta. Vaya cambio de opinión, ¿no te parece? ¿Qué diablos ha pasado? Nada que no fuera previsible. Esto es lo que provoca en los hombres, la confusión. Por un lado, le amas, le cuidas, le das todo (bueno, es un decir, todo lo que te interesa), pero por otro y a la par, te pertenece, no debe fallarte y le odias y vas a degüello si te lastima. Ya sabes: el amor y el odio son dos caras de la misma moneda.

No es cierto que amar signifique no poder odiar a tu pareja. Hay momentos en que le detestas y le mandarías a tomar por el saco; hasta de dan ganas de darle una patada en los …¡A saber qué te haría él! Lo malo es que no lo reconozcamos y luego se lo hagamos pagar con esas otras formas tan sádicamente sutiles (ya sabéis de qué hablo). Y de una manera tan impune. ¿De cuántas formas incurres en ello? (Sylvia de Béjar).

En contrapartida, me gustaría compartir con vosotr@s una reflexión sobre la mujer del siglo XXI. Es cierto que parte de culpa tenemos, pero en lugar de empezar una guerra de sexos, ¿por qué no intentamos entendernos y ayudarnos? Este texto pertenece al libro de Lucía Etxebarría: “Ya no sufro por amor”, y creo que puede ayudarnos a entender parte del problema:

EL LABERINTO DEL PERFECCIONISMO

¿Por qué una mujer trabajadora acaba cayendo en el vicio del perfeccionismo? Pues porque en el entorno laboral, cualquier entorno  laboral, una mujer debe hacer algo muy bien para que se le reconozca, mientras que a un hombre le basta con hacerlo. La mujer que ha llegado por sus propios medios a ser socias de un bufete de abogados, integrante de un consejo de redacción o vocal de uno de administración es siempre diez veces más brillante y eficiente que sus compañeros. Y es que en ese tipo de entornos la mujer ha de esforzarse hasta la extenuación, de entrada para ser admitida y más tarde para ser reconocida. Por eso decía Naomi Wolf que sólo hay dos profesiones en las que, a igual trabajo, las mujeres cobren más que los hombres: prostituta y modelo. Y yo añado que no estoy segura de que los chaperos cobren menos que las prostitutas.

Para colmo, al hombre se le valora en relación a un parámetro simplista: basta con que haga algo bien para que se le reconoza su habilidad. Pero el parámetro social que prevalece a la hora de la mujer es el de todo o nada. La mujer debe puntuar alto en todos los campos: no basta con que sea válida en su trabajo, si quiere que los demás la respeten y la consideren, debe además ser guapa, vestir bien, tener un novio fantástico y unos hijos ideales.

Por experiencia sé que si en una pareja ambos miembros trabajan, cuando la casa está hecha un desastre o los niños van al cole con churretes nadie le echa la culpa al hombre. Sobre todo, las otras madres. Y como las mujeres interiorizamos ese prejuicio, la mayoría aguantamos que ellos no hagan gran cosa en casa, a parte de cocinar (cocinar es divertido) y sacar la basura. Y nos da reparo sugerirles (¡ni soñar con exigirles!) que hagan camas o limpien el baño. Nos lo exigimos todo a nosotras mismas, pero nunca a los demás.

Como este modelo de mujer diez es totalmente inalcanzable, siempre nos quedamos a distancia de la perfección autoexigida, y así vamos acumulando frustación al no satisfacer las expectativas de una sociedad que hemos hecho nuestras. Y es que, como bien dice el escritor Miguel Lorente, lo que la sociedad quiere es “mujeres Comansi”: juguetes completos.

Lo cierto es que es imposible ser excelente en todo o en la mayoría de aspectos y habilidades de la vida, e intentar serlo sólo nos puede conducir a sufrir ataques de ansiedad, sentimientos de frustación, complejo de inferioridad, falta de autoestima, incapacidad para mantener relaciones estables, dependencia de la opinión ajena, estrés y enfermedades psicosomáticas de todo tipo. Ahí es ná. La búsqueda obsesiva de la perfección o del éxito únicamente consigue de que nos olvidemos del que debería ser el motor principal de nuestra existencia. la felicidad. Y logra, además, que renunciemos a nuestros intereses más personales, agradables y gratificantes, a los que en realidad deberíamos dedicar la mayor parte de nuestra relativamente corta existencia.

Pues eso: te pones de los nervios cuando la atmósfera es menos que perfecta porque a tu sensibilidad le altera el menor defecto, vives tu vida como un canario en una mina de carbón y te mareas incluso si andas en línea recta. Sí, me refiero a ti, bonita, que llegas exhausta del trabajo y en lugar de darte ese baño de sales que el cuerpo te está pidiendo a gritos te diriges, apenas te has quitado el abrigo, al cuarto de los niños para supervisar sus deberes y ni se te ocurre pedirle a tu marido, que está tan tranquilo jugando al ordenador, que lo haga él, para variar. O a ti, que no tienes niños pero después de pasarte casi doce horas en la oficina (o sea, cuatro más de las que te pagan, porque tu empresa, como todas, no remunera las horas extraordinarias), te vas directa al gimnasio a matarte a abdominales en lugar de salir de cañas con tu vieja amiga Pepi, a la que le sobran siete Kilos pero que, admitámoslo, parece mucho más feliz que tú. Me refiero al tipo de mujer que si tiene invitados a cenar el sábado se levanta a las siete de la mañana para poder limpiar, ordenar, hacer la compra y cocinar, a la que se prueba hasta diez modelitos diferentes antes de decidirse por el que se va a poner para ir a una fiesta (con lo cual, paradójicamente, qued amal a fuerza de querer quedar bien, porque acaba llegando siempre tarde), que es minuciosamente obsesiva en el trabajo. A la que acaba sintiendo que no es lo suficientemente buena madre, buena esposa ni buena profesional porque, al querer ser perfecta en todo, descubre que no puede dedicarle el tiempo necesario a cada capítulo y por eso se altera con facilidad y siente que los demás no la entienden en absoluto. A esa mujer que cree que debe anteponer siempre los deseos o las expectativas de los demás a los suyos propios y que no se da cuenta de que ésa es, precisamente, la peor manera de relacionarse y obtener amor y reconocimiento de los demás.

Si bien es preferible hacer las cosas acertadamente, no existe ninguna ley que diga que hay que ser excelente en todo. La autocrítica constante destroza la autoestima y absorbe la vitalidad. Cada uno tiene que intentar hacer su trabajo, educar a sus hijos (si los tiene) o convivir con su pareja lo mejor posible, pero el hecho de equivocarte en algo o no hacer todo lo que podrías no te convierte en incompetente, sino en un ser humano. Y si alguien te juzga mal por ello, mejor lo sacas de tu vida. Acepta tus límites y defiéndelos, y no olvides que no siempre puedes ni debes complacer a los demás.  No te empeñes en agotarte haciendo todo para demostrar a los demás lo que vales, entre otras cosas porque, como tú ya sabes bien pero te cuesta tanto admitir, en el fondo no sólo no te lo agradecen, es que además les agobias.

Deberíamos aprender a observarnos desapasionadamente, honestamente, para aceptarnos tal y como somos, con nuestras propias heridas, errores y limitaciones. Y a partir de ese principio, aplicar otros, como por ejemplo:

  • Aprender de los errores y no castigarnos por ellos. No tomarnos como una cuestión personal el no haber alcanzado una meta. Recordar cada día, cada minuto, que la persona no es lo que hace, sino lo que es.
  • Evitar las comparaciones con otras personas y asumir que cada cual tiene sus propias, únicas, limitaciones y circunstancias.
  • Tener muy claros los referentes personales y aferrarnos a ellos. De nuevo, no olvidar que eres quien eres y no lo que haces. Definir claramente el yo con el que te identificas y las cosas que te hacen sentir el placer de ser tú misma/o. Seleccionar tus propios gustos y objetivos. No hacer tuyas las exigencias o las ambiciones de la moda, la televisión o el sistema.
  • Disfrutar más del proceso que de los resultados. Sobretodo porque los resultados son la mayoría de las veces subjetivos. El éxito de unos puede ser el fracaso para otros.”

Cuanto menos este fragmento da que pensar. Cada vez aumentan más las consultas médicas por problemas relacionados con el estrés, la ansiedad, depresión, síndromes de fatiga…Cada vez aumenta más el consumo de ansiolíticos y antidepresivos, en edades muy tempranas y con un porcentaje más elevado en mujeres. Los fármacos no van a solucionar la raíz del problema, y siempre la hay. Me pregunto si no será cuestión de disciplina y sacrificio. Nos esforzamos en hacer deporte, tener una alimentación sana porque sabemos que nuestra salud mejorará…pero…¿tenemos la disciplina necesaria para llevarlo a cabo? Recurrimos a la “pastillita”. Si debo hacer ejercicio y comer bien para bajar mi tensión, eso es muy sacrificado, ¡me tomo mi pastillita y listos! Y yo planteo, si no estamos satisfechos con nuestra vida o con nosotros mismos, ¿qué hacemos? ¿Invertir tiempo en conocernos, aceptarnos, y cambiar aquello de nuestra vida que no está bien? Ui, eso es peor que hacer deporte o comer verdurita, yo me tomo mi pastillita y…¡ listo!

¡FELIZ SAN VALENTÍN!

BFOREVERYOUNG

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